No logrado

No logrado

No nací creyendo lo que hoy cultivo día a día. Es que no a todos nos muestran e instan a ser nuestros exclusivos artesanos de lo que nuestra propia mente terminará aceptando como realidad y verdad a futuro.

Nadie nace creyendo algo la verdad. Pero solemos aceptar que creemos algo desde que hacemos conciencia de nuestro pasado y sus recuerdos, porque nuestros padres o cercanos nos empujan a esas creencias, y ellos a su vez fueron impulsados a ellas por sus abuelos o cercanos, y así sin que la mayoría cuestione por qué cree como suya y acepta cierta verdad.

Hoy no comparto todo lo que mi familia ascendente, de pequeño, me hizo creer y aceptar.

Como padre, espero que quienes están bajo mi tutela, puedan cultivar su propio sentido común lleno de ideas, dudas, muchas dudas, pero por sobre todo, rebosante de curiosidad y apetito por resolver esas dudas. Y aunque hoy me sienta inclinado y esté sesgado a cierta área, me he cuidado de no estorbar en la búsqueda personal de los que comparten techo conmigo. Incluso si aún son tan pequeños que no salen del colegio o apenas están aprendiendo a moverse en micro.

Hoy no soy de la idea de obligar a los niños a creer en lo que uno cree, mucho menos si eso en lo que uno cree le fue inculcado a uno cuando (en nuestra vida) no sabíamos si quiera como vienen los bebes a este mundo.

Si, como adulto, quieres creer lo que te pongan por delante, sin cuestionar, eres libre de hacerlo. Si eso te hace feliz, y no lastimas a nadie más, estás en tu derecho.

Creo en la educación pública y todo lo que abarca este concepto. Eso incluye que mis hijos cohabiten y compartan con todo tipo de personas, no importando el fondo socio-cultural que acompañe a las familias de esas personas. Somos todos iguales, no hay gente especial. Cuando finalmente entiendes lo absurdo de las etiquetas que usamos con todo lo que percibimos, comprendes que ni siquiera necesitas excluir a los seres humanos (todos) de la categoría de “no son especiales”.

Pero, por esta opción, he tenido que aceptar que mis hijos deban tomar el ramo de religión en sus colegios (dos colegios públicos distintos). Aunque en uno de los colegios (ambos de educación básica) entregaron un papel con la opción religiosa de la familia, convenientemente hicieron el reparo que nadie podía poner “ninguno” como respuesta. El niño debía aceptar una creencia (católica, evangélica, otra) para el ramo de religión.

Podría ponerme bobo al respecto, padre sin vida social y modelo de preocupación desorbitada, e ir a exigir que no les hicieran clases de ninguna religión a ambos. Mal que mal, me parece que la ley así lo permite. Aún si no es un reglamento específico respecto a lo optativo de religión, esta obligatoriedad que vivimos en estos dos colegios públicos choca con derechos como la libertad de expresión, de culto y es hasta discriminatoria con quién no quiere sumarse a una creencia en cualquier tipo de ser supremo ni quiere que los suyos vivan esa amalgamación cultural.

Ahora lo veo de esta forma: permitirle a nuestros niños tener que convivir con gente que cree en un dios, tener que sobrellevar esas creencias, y el deber (sin presión) de aprender algunas de sus enseñanzas, les va a permitir convertirse en personas un poco mas tolerantes, y les va a permitir decidir y decir si o no, a futuro, cuando la vida les presente alguna oportunidad para sumarse a alguna religión.

La vida no es únicamente probar tu plato favorito todos los días. Eventualmente (ellos) se verán enfrentados a situaciones que les incomodarán, o que no les cautivarán. Esta exposición a la religión, como todo planteamiento que deban encarar, los ayudará a crecer como individuos. No hay duda.

Por eso, en general, me lo tomo con calma. Mi señora igual.

Somos una familia con un fuerte énfasis en el sentido común, la espiritualidad y la aprehensión de la verdadera felicidad. Vacíos de propósito y sentido en esta vida no estamos; si hay que experimentarla, debe ser sabiamente. Nuestros niños lo saben… y lo han incorporado en sus vidas, cada uno como ha querido.

La más pequeña tuvo ayer una prueba de diagnóstico en religión. Si, peculiármente, hacen de esas pruebas también en ese ramo.

Le fue pésimo. De 26 puntos, solo obtuvo 3. Ellos saben que no me interesa que se vuelvan teólogos-ateos (a menos que ellos lo quieran una vez sean adultos, claro), así es que como les dije antes, sin presión en este ramo. Pero la prueba arriba alardeaba un notorio “No Logrado” como calificación. Habiendo alcanzado “logrados” en todas las otras evaluaciones, esto le llamó la atención.

Una vez reforzado (nuevamente) el que aquel ramo en particular no nos preocupa y que no va a interferir en sus notas finales (su preocupación), vi la prueba con calma.

Sus respuestas me dejaron conforme.

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Ella está en tercero básico. Dicho eso, permítanme confesarles que estoy orgulloso, indistintamente, de la tropa de impedimentos que crío junto a mi señora.

Todos deberíamos tener libertad para poder elegir respuestas que nos dejen conformes, serenos y prósperos mentalmente. Aún más: todos deberíamos ser instruidos en la duda y en el deseo de querer buscar respuestas, nuestras propias respuestas, esas a las que luego, con propiedad, les llamas tu verdad.

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